
Por Ricardo E. Partal Silva
Es sabido que Argentina atraviesa una encrucijada histórica. Impulsada por la urgencia macroeconómica de generar divisas, se consolida como un actor clave en el mapa energético y mineral global. El yacimiento no convencional de Vaca Muerta, la expansión de los gasoductos hacia enclaves estratégicos costeros como Punta Colorada en Río Negro, la megaminería metalífera y el vertiginoso despegue del litio en el NOA configuran una nueva promesa de prosperidad.
Sin embargo, detrás de los titulares rimbombantes sobre inversiones millonarias y la ansiada "independencia de divisas", late una realidad desatendida. El modelo se ejecuta sobre un vacío absoluto de planificación territorial y logística, operando como una maquinaria voraz que fragmenta ecosistemas, altera la geología y pone en jaque la sostenibilidad social y ambiental de regiones enteras.
El corredor energético que conecta la Cuenca Neuquina con la costa atlántica rionegrina -ejemplificado por proyectos de gran envergadura como el VMOS y los gasoductos orientados al GNL que comparten trazas kilométricas- es presentado como una victoria de la ingeniería. No obstante, este despliegue carece de una visión de ordenamiento territorial integral.
Uno de los impactos más alarmantes y menos discutidos en la agenda pública masiva es el fenómeno de los sismos inducidos. La técnica de fracturación hidráulica (fracking) aplicada en Vaca Muerta alteró para siempre la aparente estabilidad geológica de la región.
La expansión extractivista opera bajo una lógica compartimentada, ignorando que los recursos naturales forman parte de cuencas y ecosistemas interconectados.
Mientras el litio es proclamado como el "oro blanco" de la transición energética global, en los territorios de origen se replica la paradoja de la abundancia: provincias ricas en recursos con poblaciones sumidas en la vulnerabilidad social.
La Argentina del extractivismo acelerado camina por la cuerda floja. Pretender sostener un modelo exportador a gran escala sobre los cimientos de la improvisación territorial, la negación de los sismos inducidos y el pasivo ambiental acumulado es una apuesta de corto plazo con costos irreversibles.
El verdadero desafío del siglo XXI para el país no radica únicamente en cuántos millones de toneladas métricas de gas, petróleo o litio logra despachar por la futura plataforma portuaria de Punta Colorada, Bahía Blanca o Coronel Rosales hacia el exterior, sino en construir una matriz donde la soberanía energética no cueste la soberanía ambiental ni la tranquilidad de las poblaciones locales. Sin planificación, control geológico riguroso y una distribución equitativa del ingreso, el boom actual corre el riesgo de transformarse en una nueva postal de oportunidades perdidas y territorios sacrificados.
No se trata solo de enfocarse en el debate de, únicamente endurecer las normativas punitivas o multas empresariales; esto sería caer en un enfoque reactivo. Las regulaciones son indispensables para poner límites, pero sin un Plan de Ordenamiento Territorial y Logístico previo, vinculante y con anclaje social, las industrias seguirán operando bajo la lógica del "parche" y del hecho consumado.
Un verdadero modelo de desarrollo sostenible para la Argentina actual requiere articular la actividad extractiva con una estrategia integral que contemple tres ejes inseparables:
Ricardo Ernesto Partal Silva,
Presidente Organización Mundial de Ciudades y Plataformas Logísticas (OMCPL)
Presidente Observatorio Mundial de Logística Preventiva (PLO)
Director Ejecutivo _Integración Empresarial por los Corredores Bioceánicos _

