En Argentina, la industria de los biocombustibles (principalmente biodiésel y bioetanol) adquirió una relevancia creciente durante las últimas dos décadas. Uno de los principales puntos de partida fue la sanción de la Ley 26.093, en 2006, que estableció el Régimen de Regulación y Promoción para la Producción y Uso Sustentables de Biocombustibles. Esta normativa sentó las bases para el desarrollo de una actividad industrial que encontró en la disponibilidad de materias primas agrícolas, como la soja, el maíz y la caña de azúcar, una de sus principales ventajas competitivas.
El impacto de esta industria trasciende la elaboración de combustibles para el transporte. Su desarrollo moviliza una amplia red de actividades económicas, que comienza en la producción agrícola y continúa con el procesamiento industrial, el transporte, la logística y los servicios asociados. Además, genera puestos de trabajo directos e indirectos, tanto en las plantas productoras como en las actividades que integran su cadena de valor.
Este efecto tiene especial relevancia en las provincias del centro del país, donde se concentra buena parte de la actividad vinculada al biodiésel y al procesamiento de soja y maíz, y en el NOA, donde la producción de bioetanol a partir de caña de azúcar constituye un componente importante de la estructura agroindustrial regional.
Uno de los principales aportes de esta cadena es la transformación de materias primas agrícolas en productos de mayor valor agregado. En lugar de comercializar exclusivamente soja, maíz o caña de azúcar como productos primarios, su industrialización permite obtener biocombustibles y una variedad de subproductos destinados a diferentes sectores de la economía.
En materia comercial, Argentina cuenta con una trayectoria exportadora consolidada en biodiésel, una actividad que supo posicionarse en los mercados internacionales. El bioetanol, por su parte, destina prácticamente la totalidad de su producción al mercado interno, donde se utiliza principalmente para cumplir con los porcentajes de mezcla obligatoria con las naftas.
Además de los combustibles, los procesos industriales permiten obtener derivados con aplicaciones en sectores como el alimenticio, farmacéutico, cosmético, químico y de nutrición animal. En la cadena del biodiésel, por ejemplo, se obtiene glicerina, un subproducto que, luego de su correspondiente procesamiento y purificación, puede alcanzar calidad farmacéutica y utilizarse en la elaboración de medicamentos, productos de higiene y cosméticos. Asimismo, la industrialización de la soja genera harinas y otros derivados destinados principalmente a la alimentación animal.
En el caso del bioetanol, el procesamiento del maíz permite obtener burlanda, un subproducto rico en proteínas y otros nutrientes que se utiliza en la alimentación del ganado. También se generan otros derivados industriales que amplían las posibilidades de aprovechamiento de la materia prima.
De esta manera, los biocombustibles representan por un lado una alternativa para sustituir los combustibles fósiles. Y además, constituyen una herramienta para profundizar la industrialización de la producción agropecuaria, diversificar las exportaciones, generar empleo y promover inversiones.