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A más de tres mil metros de profundidad, la roca madre de Vaca Muerta se quiebra a presión para liberar gas y petróleo. Sin embargo, el verdadero temblor no ocurre únicamente en las entrañas de la cuenca neuquina, sino en la superficie: en las paredes agrietadas de los pueblos vecinos, en las rutas deshechas por el peso multinacional y en los puentes sometidos a una fatiga sin precedentes. La promesa del desarrollo energético choca de frente con una cruda realidad de daño estructural acumulado a lo largo de la región y su proyección hacia los corredores logísticos.
El síntoma más evidente del impacto físico de la explotación no convencional es el despertar de la tierra. La técnica de la fractura hidráulica (fracking) -que inyecta millones de litros de agua, arena y aditivos químicos a alta presión- alteró drásticamente las tensiones tectónicas locales.
Desde el inicio de la fase intensiva (2015), el Observatorio de Sismicidad Inducida ha documentado cientos de temblores (508) con epicentros superficiales en zonas como Añelo y Sauzal Bonito. Magnitudes que superan los 4.0 en la escala Richter se traducen, en el mundo real, en grietas profundas en paredes, techos y cimientos de viviendas, escuelas y edificios públicos, dejando al descubierto la vulnerabilidad de las poblaciones frente a la actividad industrial.

La logística del petróleo no conoce pausas. Día y noche, miles de camiones de gran porte y convoyes sobredimensionados transitan las rutas provinciales y nacionales cargados con arena silícea, torres de perforación y cisternas.
Este flujo implacable provocó el colapso prematuro de la cinta asfáltica, generando ahuellamientos profundos, banquinas descalzadas y una deformación estructural que pulveriza la vida útil para la cual fue diseñada la infraestructura vial. Paralelamente, los puentes regionales, provinciales y nacionales; que articulan la conectividad hacia los pasos fronterizos cordilleranos, sufren una fatiga de materiales crítica (ejemplo, el que se encuentra sobre el río Colorado, sobre la ruta nacional n° 22); presionados por cargas que superan sistemáticamente los límites legales permitidos.
A este desgaste físico se suma la presión extrema sobre los recursos naturales. La voracidad hídrica del fracking demanda caudales monumentales extraídos de los ríos Neuquén, Limay y de acuíferos locales, (en promedio unos 35 millones de litros por cada pozo); tensionando el equilibrio con las economías regionales históricas, como la fruticultura, horticultura, ganadería. A esto se añade el peligro latente del manejo de los fluidos de retorno (backflow), miles de metros cúbicos de agua salada y contaminada que emergen tras la fractura, poniendo a prueba los sistemas de disposición y amenazando con vulnerar los acuíferos subterráneos.
En concreto, el avance de Vaca Muerta dibuja una paradoja compleja: mientras moviliza la economía macroeconómica del país, fractura silenciosa y aceleradamente la infraestructura física sobre la que se sustenta, hipotecando la estabilidad estructural no solo de un emblemático Corredor Bioceánico, sino que también de todos los corredores de cargas que convergen en él.
*Director Ejecutivo; Integración Empresarial por los Corredores Bioceánicos®
Presidente, Organización Mundial de Ciudades y Plataformas Logísticas (OMCPL)
Presidente. Observatorio Mundial de Logística Preventiva (PLO)

