Quien recorre hoy una terminal encuentra que casi todo lo que antes era papel y radio pasó a ser software: el turno del camión, el seguimiento del contenedor, la balanza, las cámaras, el escáner. Para Rodrigo Díaz, especialista en ciberseguridad y autor de trabajos sobre ciberseguridad en cadenas de suministro inteligentes para la CEPAL, ese cambio no multiplicó la cantidad de atacantes: amplió el terreno disponible.
Consultado sobre cómo se modificó el escenario en la última década, Díaz lo resumió así: "El riesgo creció, pero no es que haya más atacantes. Lo que creció es la superficie de ataque".
El ejemplo que eligió es local y conocido. Hace quince años un camión llegaba al puerto con un papel y alguien cargaba esos datos a mano en un sistema; hoy existe la carta de porte electrónica y los ecosistemas están interconectados de extremo a extremo. La diferencia práctica aparece cuando algo falla: antes se interrumpía una fracción aislada del sistema, esa parte se hacía a mano y el resto seguía funcionando. Hoy, según describió, si se interrumpe el sistema de turnos se afecta todo el proceso y no se embarca. La pandemia aceleró ese proceso al empujar la digitalización y el comercio electrónico, y convirtió a la logística en un proceso continuo donde buena parte de los sistemas de los que depende una operación quedan fuera del ámbito de control de quien opera.
Sobre el dato de los 95 días promedio que demora una organización en detectar un ataque, el entrevistado aclaró que es una cifra promedio que puede reducirse a 65 días en organizaciones que utilizan sistemas avanzados y además, no significan que el ataque dure ese tiempo. El plazo describe el trabajo silencioso previo. Desde que alguien abre un correo falso y le da entrada al atacante, ese atacante no actúa de inmediato: releva la red y recién ataca cuando tiene todo listo.







