El potencial que abre este acuerdo es considerable y merece dimensionarse con cifras concretas. De acuerdo con el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri), Hong Kong importa del mundo 20,948 millones de dólares en mercancías agropecuarias y exporta apenas 9,788 millones, un déficit sectorial de 11,160 millones de dólares que revela una demanda insatisfecha de proporciones notables.
El Perú, que en su mejor año colocó 275 millones de dólares en frutas y hortalizas, tiene ante sí un segmento potencial que supera los 7,000 millones de dólares: arándanos, uvas, paltas, cítricos, mangos, espárragos y frutas congeladas concentran las oportunidades más inmediatas.
Mientras que salsas, panadería y chocolates procesados abren una segunda ola de crecimiento todavía sin explotar.
Capitalizar esa puerta abierta exige, no obstante, mirar más allá del texto legal, además de aprovechar las oportunidades del mercado.
Arándanos, paltas y uvas concentraron 93% del valor exportado en 2025, y el desplome de 62% registrado ese año, seguido de otra caída de 50% en el primer semestre de 2026, expuso cuánto depende la balanza comercial de apenas tres cosechas.
Detrás de esa volatilidad opera un factor que ningún capítulo arancelario negocia: el riesgo climático físico.
Sequías, heladas fuera de temporada, floraciones anticipadas y estrés hídrico alteran calibres, ventanas de cosecha y volúmenes exportables antes de que cualquier preferencia comercial entre en juego.
Esa incertidumbre agronómica erosiona precisamente la previsibilidad de ingresos que el tratado busca ofrecer.